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LA SALVACIÓN DE ROQUE SÁENZ PEÑA. EL ARGENTINO QUE COMANDABA UN BATALLÓN DURANTE EL ASALTO Y TOMA DEL MORRO DE ARICA

POR

RODRIGO UGALDE

Colaborador de la Academia de Historia Militar

El notable episodio que relataremos ocurrió hacia el final de la batalla que la historia conoce como el “Asalto y Toma del Morro de Arica” del 7 de junio de 1880.

En tales momentos, cuando las tropas chilenas ya se encontraban en la cima del Morro, fue donde se dio una situación increíble, la que preservó la vida del Teniente Coronel argentino don Roque Sáenz Peña, comandante del batallón “Iquique”, que –de paso— permitió salvar al Coronel peruano don Manuel C. de la Torre y del Sargento Mayor don Francisco Chocano.

La salvación de Roque Sáenz Peña y la de los otros dos oficiales que escaparon “in extremis” de la muerte puede calificarse como milagrosa y se debió a la intervención de un oficial del Cuarto de Línea, don Ricardo Silva Arriagada.

Antes de entrar a la narración de la salvación del oficial argentino, creemos necesario referirnos a un tema con ella relacionado y que no ha sido tratado en ninguna de las obras chilenas ni peruanas sobre la Guerra del Pacífico, a saber: ¿Por qué razón un joven argentino se encontraba formando parte del ejército peruano, joven que era de posición acomodada y que no había abrazado la carrera militar, sino que era Diputado en su país?

La respuesta a tal interrogante no aparece en ninguna de las obras peruanas, ni tampoco en las chilenas, relativas a la Guerra del Pacífico. Debemos buscarla en una reciente obra del historiador argentino Julio Horacio Rubé, denominada Tiempos de Guerra en América del Sur. Argentina y Chile 1826-1904, quien comienza señalando que el 30 de junio de 1879 el señor Sáenz Peña, había formulado su renuncia indeclinable a su banca de diputado y manifestado su decisión: “…de ofrecer como combatiente sus servicios al Perú.”*[2]

A continuación dicho autor nos indica que, a pesar de que los amigos y familiares trataron de disuadir a Sáenz Peña, aquél se mantuvo firme en su postura, por lo que algunos de ellos lo acompañaron a Montevideo, donde se embarcó hacía el Perú en el vapor Potosí.

¿Por qué razón lo hizo así?

Julio Horacio Rubé, nos da la respuesta: Fue por una profunda pena de amor, causada por una confesión hecha por su padre, don Luis Sáenz Peña, que sería Presidente de Argentina entre los años 1892 y 1895. Así explica el historiador argentino la situación que llevó a la Guerra del Pacífico a un don Roque, pues contaba con 28 años de edad:

“La verdad es que Roque Sáenz Peña se había enamorado de una joven que pertenecía a su mismo grupo social, vecina de la estancia de Brandsen, le parecía que había hecho una buena elección. Selo comunicó entonces a su padre y le manifestó la idea de casarse. Don Luis se opuso, luego decidió confesarle la razón de su terminante negativa, le dijo que no podía casarse con esa joven porque era su media hermana. La muchacha era fruto de una aventura pre o extramatrimonal de don Luis.”[3]

Tal sería, entonces, la verdadera causa de su enrolamiento en el ejército peruano, combatiendo en las batallas de Dolores y de Tarapacá, donde demostró su valor, para —finalmente— luchar en Arica, al mando del batallón “Iquique”. Al final de la cruenta batalla se encontraba herido en un brazo y a merced de los enfurecidos soldados del Cuarto de Línea, que a nadie le iban a perdonar la vida después de la muerte de su comandante don Juan José San Martín por lo que —perfectamente— pudo haber seguido la suerte de Bolognesi, de Moore, de Ugarte y de los demás jefes y oficiales peruanos que allí fueron ultimados.

Roque Sáenz Peña pudo morir en la cima del Morro de Arica ese día 7 de junio de 1880 y, providencialmente, salvó su vida gracias a la notable intervención de un oficial chileno, vida que se extendió hasta el año 1914.

Este episodio lo relata Nicanor Molinare, quien para hacerlo se toma de lo escrito por Ricardo Silva Arriagada, el oficial chileno que salvó de la segura muerte al señor Sáenz Peña. Dice así:

“Iba a descender al plan por un senderito que vecino al mástil se encontraba, cuando varios jefes peruanos subían a la altura; uno de ellos me dijo:

—¡Sálvenos, señor; estamos rendidos!

Eran los señores comandantes don Manuel C. de La Torre, don Roque Sáenz Peña y el mayor don Francisco Chocano, que arrancando de la furia de los soldados chilenos, se rendían a discreción.

La Torre me entregó su revólver; don Roque Sáenz Peña estaba herido en el brazo derecho. En el acto tomé las medidas del caso para salvarlos.

La tropa que venía atacándolos, continuo disparando; mandé hacer «¡Alto el fuego!», y sólo haciendo esfuerzos soberanos, pude contener a nuestros hombres.

“ENTRÉGUENOS LOS JEFES CHOLOS, PARA MATARLOS, MI CAPITÁN”, gritaban y vociferaban todos a la vez.

La Torre y Chocano pedían a gritos perdón; Sáenz Peña se mostró tranquilo, sereno, imperturbable; si hubo miedo, en don Roque, no lo demostró; aquello resaltó más y se grabó mejor en mi memoria, por cuanto los dos prisioneros peruanos clamaban ridículamente por sus vidas.

Cierto que el trance fue duro, apurado, y él subió de punto cuando al pasar cerca de una de las piezas del Morro, reventó ésta, en circunstancias que, revólver y espada en mano, defendía a mis prisioneros.

La explosión fue tremenda; la muñonera del cañón, por poco no mata a uno de ellos; la tropa, ciega, se vino encima gritando: “ENTRÉGUENOS LOS CHOLOS TRAIDORES, MI CAPITÁN”.

El comandante La Torre agrega:

“Nosotros no somos culpables; esas piezas, posiblemente, tenían mechas de tiempo; no nos maten; nada sabemos; no tenemos participación”.

Chocano une sus súplicas a La Torre, y al fin consigo salvarlos. Don Roque Sáenz Peña, mudo, no habla, no desplega sus labios; pálido se aguanta, y se aguanta.

En esos momentos, varios soldados persiguen a tiros a unos infelices, y éstos se precipitan por una puerta que existe en el suelo, nuestros hombres llegan y hacen fuego. La Torre y Chocano, que ven aquello, gritan:

“Por Dios, no hagan fuego; ésa es la Santa Bárbara del Morro, la mina grande; hay más de 150 quintales de dinamita; está llena de pólvora y balas; ¡va a estallar!”

La tropa se detiene, y ante la declaración de La Torre, que es el jefe de Estado Mayor enemigo, comprende la suprema necesidad de salvar a esos prisioneros, y se tranquiliza.

Las jeremiadas de los prisioneros peruanos continúan, y solicitos a todo, dan muestras de miedo, pero de mucho miedo.

Don Roque Sáenz Peña sigue tranquilo, impasible; alguien me dice que es argentino; me fijo entonces más en él: es alto, lleva bigote y barba puntudita; su porte no es muy marcial, porque es algo jibado; representa unos 32 años; viste levita azul negra, como de marino; el cinturón, los tiros del sable, que no tiene, encima del levita; pantalón borlón, de color un poco gris; botas granaderas y gorra, que mantiene militarmente.

A primera vista se nota al hombre culto, de mundo.

Más tarde entrego mis prisioneros a la Superioridad Militar, que los deposita, primero en la Aduana, y después los embarcan en el “Itata”.

Esto es, agrega el ex-capitán del 4.º de línea, don Ricardo Silva Arriagada, cuanto a mi actuación en Arica puedo narrarle, y me da todavía otros interesantes detalles.

“Aquí tiene usted, repite, dos cartas originales, y que prueban la verdad de mi relación.”[4]

Así fue, entonces, como Silva Arriagada logró salvar a Sáenz Peña y a los dos oficiales peruanos que lo acompañaban.

Resuelto a evitar que fueran ultimados, revolver y espada en mano, sustrajo de la muerte a los tres. Impidió, con su feliz intervención, la pérdida de un hombre notable quién, por su nobleza, decoro, distinción, inteligencia y carácter, llegó a ocupar lugares de privilegio en Argentina, transformándose en un internacionalista de nota y, finalmente, en el Presidente de su país entre los años 1910 y 1914. De él se dijo, y así lo demuestran las cartas y los gestos que se relatan a continuación, que: “Nadie le disputó a Sáenz Peña su puesto de primer caballero de su generación.”[5]

Como verdadero caballero que era, Sáenz Peña siempre reconoció que su salvación se debió a la intervención del capitán Silva Arriagada. Así lo hizo, por escrito, en varios valiosos documentos que transcribimos, dos de los cuales entregó a Molinare:

PRIMER DOCUMENTO. ACLARACIÓN SOLICITADA POR EL SEÑOR CAPITÁN DON RICARDO SILVA ARRIAGADA, SOBRE LA BATALLA DE ARICA Y SU RESPUESTA. Dicen así:

“San Bernardo, Julio 22 de 1880.

Sr. Capitán don Ricardo Silva Arriagada.

Valparaíso.

Muy señor nuestro.

Hoy ha llegado a nuestro poder su estimada fecha 18 del presente, que a la letra dice:

Valparaíso, Julio 18 de 1880.

Señores Comandantes Saenz-Peña, La Torre, Chocano.

Muy Señores míos:

Con el fin de aclarar ciertos errores que aparecen en las relaciones de los corresponsales, y como muchos de ellos tendrán que figurar, quiero que sean los más exactos: en esta virtud, espero que ustedes se sirvan contestarme al pié de la presente, si es efectivo que el 7 del próximo pasado en la batalla de Arica, fui yo el primer oficial chileno que llegó allá parte norte del Morro, junto a donde estaba la bandera, y si es efectivo que ahí me cupo el honor de salvarlos de nuestros soldados, lo que supongo ustedes no lo habrán olvidado, tanto más cuanto que así me lo prometieron ustedes.

Por mi parte, conservo con verdadera satisfacción el revólver que me entregó el señor comandante La Torre, y a más el recuerdo de haber podido hacer algo por ustedes en ese momento.

Mi objeto es que aparezca la verdad: y como ustedes son testigos oculares e imparciales, me he tomado la libertad de dirigirme a ustedes.

Deseando que la presente los encuentre completamente buenos, los saluda su afectísimo y S.S.

Firmado – R. SILVA ARRIAGADA

Grato nos es dar a Ud. la contestación que nos pide, en homenaje a la verdad.

Es U. el primer oficial del ejército chileno que llegó a la parte norte del Morro al pié del asta, en que estaba izada nuestra bandera, y donde nos encontrábamos los dos primeros de los suscritos; y nos complacemos en declarar, que ahí y en aquel momento, fue su empeño principal realizado con inquebrantable energía, salvar de las matanzas, que se hacía a los suscritos y a los pocos oficiales que habían quedado con vida.

Esto mismo hemos dicho a los muchos señores de Santiago que han tenido la bondad de visitarnos, cuando ha habido oportunidad para hablar del asunto; y esto mismo publicará la prensa peruana a su tiempo.

Saludando a Ud. muy afectuosamente nos suscribimos sus. S.S.

M.C. de la Torre

Roque Sáenz Peña.

M. Francisco Chocano.” [6]

SEGUNDO DOCUMENTO. La CARTA de don Roque Sáenz Peña a don Ricardo Silva Arriagada, fechada el 3 de julio de 1905. Es un documento realmente notable por el alto vuelo literario que alcanza. Dice lo siguiente:

«COPIA.- Carta de don Roque Sáenz Peña.- Roque Sáenz Peña.- Estudio: Reconquista 144.- Buenos Aires, julio 3 de 1905.- Señor R. Silva Arriagada.

Mi estimado amigo: Me es grato corresponder a su afectuosa del 28 del pasado, como me fue muy agradable recibir el mensaje que usted se sirvió enviarme por intermedio de mi amigo el teniente general Luis María Campos, y sino correspondí a este último, fue por ignorar la dirección que debía dar a mi carta.

Yo también he recordado siempre el nombre de usted y su buena acción al proteger los heridos del Asalto de Arica y salvarles la vida a los pocos jefes sobrevivientes, en cuyo número me cuento. Esas buenas acciones deben dejar en el espíritu como un grato perfume y un honroso recuerdo para el resto de la vida, probando que aún en el ardor de la pelea, el sentimiento humano nos detiene ante el sacrificio inútil y la demasía de sangre que había corrido a raudales en aquel día.

Para los que estábamos adentro había una sentencia inapelable; la afrontamos con resolución, y no tendríamos motivo para protestar, de nuestra suerte decretada por nosotros mismos y escrita por nuestra propia mano; la vida en aquel momento era un capricho del destino; usted nos la acordó conteniendo la matanza en favor del comandante La Torre y del que firma, y puede usted tener la seguridad de que los dos recordamos su acción y su nombre.

Cuanto estuve prisionero en Chile, tuve ocasión de declarar que fue Ud. el primer oficial chileno que pisó el Morro de Arica y contuvo el exterminio de heridos y prisioneros; habían muchos oficiales que aspiraban al mismo honor, pero no los vimos sino muy tarde, cuando la tropa, lejos de la acción de usted, que le mantuvo en nuestra protección, cometía horrores con los caídos.

Tengo que agradecerle además los conceptos benevolentes con que usted me favorece, aun cuando no tenga la posición favorable que me supone en la política de mi país; no ocupo hace muchos años posición alguna oficial, y hace diez años que vivo consagrado a mi profesión de Abogado, gozando sí del buen concepto de mis conciudadanos.

La posición de usted me interesa mucho. ¿Qué cargo desempeña allí? ¿No me sería posible hacer algo en su obsequio? Sería para mí una gran satisfacción.

Tengo el gusto de estrecharle la mano y reiterarme su affmo. amigo y S.S.:

Roque Sáenz Peña.

P. S.- Le adjunto ese discurso a objeto de demostrarle que su nombre ha estado siempre en mi recuerdo.- V.»[7]

Por su parte, don Arturo Alessandri Palma, dos veces Presidente de Chile, en su obra CHILE Y SU HISTORIA, transcribe un episodio y, a propósito de este, parte de una carta de Roque Sáenz Peña que ratifica lo escrito en tales preciosos documentos. Dice así:

“Cuando tuvo lugar el canje de los Pactos de Mayo, vino a nuestro país trayéndolos, un General argentino, quien de viaje al Sur, encontró en la estación de Curicó al Alcalde la comuna de Tutuquén. Mi gran amigo y correligionario Ricardo Silva Arriagada. Este le preguntó al general si sería tan amable de saludar a nombre de Ricardo Silva Arriagada al Presidente de la República Argentina, diciéndole que lo acompañaba mucho con su pensamiento y deseaba saber si el Presidente también lo recordaba a él.

A los 15 o 20 días le llegó a Ricardo Silva una carta preciosa, en la que el Presidente de Argentina le decía: “Me ha mandado preguntar Ud. si lo recuerdo. ¡Como piensa que no lo voy a recordar al teniente Arriagada! Cómo se imagina que he podido olvidarme que, cuando estaba en las puertas de la muerte, frente a mí un pelotón de soldados embravecidos, un joven de figura esbelta, decidido, imperioso y con los brazos abiertos presentó su pecho gritándoles: Matadme a mí, primero, pasen por sobre mi cadáver. Respeten al Comandante que es argentino!”[8]

Tales documentos son, entonces, mudos testigos de que es efectivo que Roque Sáenz Peña, nunca olvidó al oficial chileno que le “acordó la vida” en la cima del Morro, recordándole incluso cuando era Presidente de Argentina.

No son los únicos gestos del oficial argentino, pues: “en agradecimiento por aquél gesto del capitán Silva Arriagada que le salvó la vida, adoptó la modalidad de enviarle un telegrama todos los años en el día de su cumpleaños.”[9]

El detalle de como recibía el telegrama enviado desde el otro lado de los Andes lo relata un testigo del episodio, el político chileno Arturo Olavarría Bravo, quien —en su infancia— vivió en la ciudad de Curicó, mismo lugar de residencia de don Ricardo Silva Arriagada. Aun cuando lo narra erradamente pues lo asocia al día del aniversario de la toma del Morro de Arica, ello no obsta transcribir este hermoso recuerdo:

“Don Ricardo Silva Arriagada era otro vecino de nota. Había participado en la toma del morro de Arica, durante la misma guerra, y le cupo, en medio de la carnicería que hicieron las tropas chilenas, salvar la vida del militar argentino, don Roque Sáenz Peña, que peleaba a favor del Perú, como ayudante del general Buendía. El señor Sáenz Peña desempeñó, años después, la primera magistratura de su patria.

“Invariablemente, en el día aniversario de esa acción guerrera, don Ricardo se presentaba a una hora determinada en la puerta de su casa de calle Estado. Ahí estaban esperándolo la banda de músicos del regimiento Dragones, que ejecutaba una alegre diana en cuanto aparecía el noble veterano, todos los oficiales de la guarnición y gran cantidad de vecinos y de pueblo. Después de los saludos y aplausos de rigor, el viejo militar miraba de reojo hacia el costado de la calle y no quedaba tranquilo hasta que, abriéndose paso entre el gentío, aparecía el mensajero del telégrafo trayéndole el saludo agradecido del presidente de la República Argentina. Don Ricardo lo leía en voz alta y, luego, una salva de aplausos acompañaba al ufano contoneo de ese viejo león de la guerra, ahora amable y bondadoso caballero de la paz. “[10]

Sin duda un extraordinario y notable episodio, poco conocido en nuestra historia, y que debe recordarse pues nos demuestra la nobleza, dignidad, honor, valentía y caballerosidad de los dos militares que en él participaron.

NOTAS AL PIE

1. Con su autorización, se publica este artículo que es parte de un libro en preparación por el mismo autor.

2. Rubé, Julio Horacio (2016). Tiempos de Guerra en América del Sur. Argentina y Chile 1826-1904, Editorial Eder, Buenos Aires, p. 188.

3. Idem, p. 189.

4. Molinare, Nicanor (1911). Asalto y Toma de Arica, Santiago de Chile, Imprenta de “El Diario Ilustrado”, pp. 103 y 104.

5. Cárcamo, Miguel Angel (1986): SAENZ PEÑA. LA REVOLUCIÓN POR LOS COMICIOS, Buenos Aires, Hyspamérica Ediciones Argentina S.A., p. 147.

6. Idem, p. 104.

7. Ibidem, p.106.

8. Alessandri Palma, Arturo (1945). CHILE Y SU HISTORIA, Editorial Orbe, Santiago de Chile, Tomo II, pp. 91-92.

9. Rubé, op. cit., pp. 2066-207.

10. Olavarría Bravo, Arturo (1962). CHILE ENTRE DOS ALESSANDRI, Editorial Nascimento, Santiago de Chile, T. I, p. 16.

NOTA: Ese artículo forma parte de un trabajo de mayor extensión del autor sobre el Asalto y Toma del Morro de Arica.

1 Comment

  1. Genial artículo, espero leerlo nuevamente y con más detalle… Recuerdo también que Roque Sáenz Peña (¿Lleva tilde?) estuvo en la inauguración de la Plaza Bolognesi, aquí cerca en Lima, Perú y pronunció un discurso, voy a buscarlo.

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