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LA IMPORTANCIA DE LA LABOR DEL CAPELLÁN MILITAR

POR

EDUARDO ARRIAGADA ALJARO

Miembro académico

Los capellanes militares han tenido una función muy importante en la historia de los ejércitos. Para el caso de nuestro país, su presencia se remonta al período colonial, cuando existía la figura del vicario de los Reales Ejércitos de España, la que data del siglo XVII. En el siglo XVIII surgió también la figura del capellán mayor, quien más tarde se convertirá en el Vicario General Castrense español.

¿Por qué los capellanes castrenses cumplen una función dentro del Ejército, en particular, y dentro de las fuerzas armadas, en general?

La respuesta radica en la asistencia espiritual y moral tanto de los soldados, como de los clases y de los oficiales. El factor moral es muy importante en la función militar, tanto en tiempo de paz como en tiempo de guerra.

Una tropa desmoralizada bien poco sirve para el servicio castrense aun en tiempos de paz. Juega un rol muy fundamental el liderazgo que puedan desplegar los superiores —ya sean clases, oficiales, o jefes militares—. Y no solo eso. Hay que entender que el militar no es una máquina que obedece, maniobra y ejecuta órdenes en forma ciega, sino que es por sobre todo un ser humano, con todas sus necesidades y fragilidades, tanto físicas como espirituales.

Durante nuestro período republicano, los capellanes militares han tenido una destacada figuración en la historia militar chilena. Asistieron a nuestros soldados tanto en las campañas de la independencia, como en la Guerra contra la Confederación Boliviana y, muy especialmente, durante la Guerra del Pacífico. Hay nombres que ya son muy emblemáticos, tales como Ruperto Marchant Pereira, Florencio Fontecilla y José María Madariaga, solo por nombrar algunos. Su actuación en este conflicto quedó patente en los diversos informes y partes de guerra que emitieron los comandantes del Ejército chileno. En ellos se les puede observar atendiendo a los heridos y enfermos en los hospitales y ambulancias; asistiendo sacramentalmente a los soldados moribundos; arengando a las tropas antes y durante las acciones de guerra, aun en pleno fragor del combate; compartiendo con los efectivos las penalidades propias de las operaciones y de las marchas en territorio enemigo.

Pero también se los ha visto en tiempos de paz desempeñando funciones destacadas en la sociedad chilena. Aquí aparecen los nombres de Ramón Ángel Jara —quien posteriormente llegaría a ser obispo— y Rafael Edwards Salas, quien tuvo un rol central en la coronación de la imagen de Nuestra Señora del Carmen en el año 1926, ceremonia que tuvo lugar en el Parque Cousiño de la capital, con una concurrencia de personas pocas veces vista en nuestra historia nacional.

El Obispado Castrense en Chile se creó precisamente para responder a las necesidades de asistencia espiritual de nuestros soldados. En 1910 y antes las dificultades de tipo canónico que se presentaron en los territorios ocupados de Tacna y Arica luego de la Guerra del Pacífico, el Papa Pío X instituyó el Vicariato Castrense para Chile, y en el año siguiente el Presidente Ramón Barros Luco promulgó la ley que organizaba la Vicaría Castrense, siendo el presbítero Rafael Edwards Salas el primer Vicario Castrense de Chile con nombramiento pontificio, desempeñando ese cargo hasta el año 1938. A comienzos de la década de 1980 el Papa Juan Pablo II elevó el Vicariato Castrense al actual Obispado Castrense, siendo Monseñor José Joaquín Matte Varas el primer Obispo Castrense, desempeñando ese cargo entre los años 1983 y 1995. En la actualidad este cargo es desempeñado por monseñor Santiago Silva Retamales.

Con posterioridad a la Guerra del Pacífico y ya con la institución canónica oficializada, los capellanes castrenses han continuado ejerciendo en forma muy celosa su ministerio, atendiendo las necesidades tanto de jefes, como de oficiales, suboficiales y soldados del Ejército de Chile, así como también de todo el personal –y de sus respectivas familias—perteneciente a la Armada, la Fuerza Aérea y Carabineros. Su labor pastoral ha sido fundamental, especialmente cuando nuestros hombres de armas y sus familias han tenido que pasar por circunstancias difíciles y de muy diversa naturaleza. Ahí ha estado siempre presente la figura del capellán castrense, entregando el apoyo y el aliento necesario para superar las dificultades propias de la vida del hombre y, específicamente, de la vida del militar.

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