
EL FENÓMENO DE LAS MONEDAS CONMEMORATIVAS
31/08/2026
Con ocasión de conmemorarse un nuevo Día de las Glorias del Ejército, les compartimos un extracto del tomo tercero de la obra «Historia del Ejército de Chile», que ilustra acerca de las relaciones de la institución con los diversos sectores de la sociedad chilena durante la primera década del siglo XX y también con el mundo político de la época
El Chile de comienzos del siglo XX era un país muy particular: podría decirse que se trataba de una moneda con dos caras. Por una parte, era una nación que había salido vencedora en las principales campañas militares del siglo XIX, con las que se expandió territorialmente hacia el norte, logrando con ello ejercer soberanía sobre los extensos territorios y la riqueza salitrera de las nuevas provincias de Tarapacá y Antofagasta, lo que permitió que las rentas que produjo el salitre costearan la infraestructura que se fue dando al país después de 1885 (obras públicas en general, puentes, caminos, escuelas, hospitales, buques de guerra, cuarteles militares, etc.). Así, Chile logró posicionarse como la potencia dominante del Pacífico sur y en tal condición era considerado en todo el mundo. Al respecto, Soledad Reyes del Villar señala:
“Desde la Guerra del Pacífico (1879-1883) la fortuna salitrera proveyó a la élite de una fuente de riqueza hasta entonces desconocida. La explotación de este recurso contribuyó además a dejar al país en una nueva posición, no sólo en términos de riqueza económica, sino que también naval y militar, convirtiéndose en la primera potencia del Pacífico sur. Cabe tener en cuenta al respecto que en la época la posición geopolítica del país implicaba una significación mucho mayor que la actual, debido a que aún no se abría el canal de Panamá. Por ello, los chilenos eran llamados los prusianos de América del Sur. De esta manera, el país se imponía ante los demás y se respiraba un optimismo general. Mal que mal, había enfrentado un desafío bélico con Bolivia y Perú y había salido vencedor, aumentando el territorio nacional y adquiriendo la consiguiente riqueza salitrera”.
Sin embargo, el país tenía una segunda cara que mostraba un claro proceso de decadencia interna. Paradójicamente —para algunos autores—, el factor clave que causó la decadencia fue la misma riqueza salitrera, la cual corrompió a la élite social y política del país, haciendo que condujera el Estado chileno con negligencia. Otros autores ahondan en los orígenes morales de la situación nacional, aunque poniendo otros énfasis, tales como la pérdida del sentido de la nacionalidad, y el estado de miseria material y moral en que vivían los sectores sociales populares.
De esta manera, hacia el centenario de la República, se observa un país con numerosos problemas, en el que gobernaba una élite cuya gestión en la conducción política ha sido muy discutida por los historiadores. Mientras unos hablan de un grupo social dado a la ostentación, al ocio y a la indiferencia hacia el resto de la sociedad, otros sostienen que la gestión política del período parlamentario no fue deficiente, tomando en cuenta, por ejemplo, que las numerosas y beneficiosas obras públicas edificadas en dicho período lo fueron gracias a la labor de los gobernantes de entonces. Este grupo se había formado a partir de la fusión de la aristocracia terrateniente que venía de la época colonial, con los nuevos elementos burgueses que se enriquecieron durante el siglo XIX, principalmente en las actividades minera, bancaria y comercial.
También existía un emergente sector social medio, muy heterogéneo, que todavía no contaba con una conciencia de clase, que vivía en medio de estrecheces económicas y que aspiraba a llevar una vida como la que ostentaba el estrato social alto. Este grupo se habría originado principalmente como producto de la educación pública que fue implementando el Estado chileno decimonónico; y, en cierta forma, fue también un legado de la riqueza salitrera, la que permitió ampliar el aparato público en el cual trabajaban muchas de estas personas. Los sectores sociales medios trataban de diferenciarse del bajo pueblo, pero no lograron asimilarse a la aristocracia de la época, por la cual fueron sintiendo un creciente resentimiento. Muchos de sus elementos abrazaron idearios anarquistas y socialistas; de hecho, la mayoría de los escritores y ensayistas que criticaron la situación del país hacia 1910, provenían de este estrato social. Al respecto, Soledad Reyes en la obra antes citada, agrega:
“Entre estos polos tan diferenciados en sus condiciones socioeconómicas y en su participación en la vida del país, se encontraba el sector medio, que presentaba una fisonomía difícil de caracterizar en el período que analizamos. Este grupo era el más heterogéneo de todos, compuesto por militares, burócratas, empleados públicos y privados, pequeños comerciantes y empresarios, técnicos, profesionales, artistas, profesores, intelectuales, etc. Algunos eran más cercanos al pueblo, mientras otros se movían en el límite del mundo aristocrático; unos eran provincianos mientras otros preferían ser capitalinos; unos esperaban servir a los miembros de la alta sociedad, mientras otros la despreciaban férreamente. En fin, ya fueran unos u otros, en general eran personas que habían crecido en el trabajo, en los talleres y negocios familiares, en los liceos y escuelas, en las universidades, en las oficinas, en el Ejército y en los barrios más apartados del centro de las ciudades”.
Por último, estaban los sectores populares que vivían muy pobremente. Aquí se considera a los trabajadores de la minería —sobre todo los del salitre—, a los obreros industriales y los sectores marginales de las ciudades; y la población de inquilinos, peones y campesinos del campo. Durante estos años no se había implementado una legislación social de parte del Estado chileno, y las difíciles condiciones de trabajo y de vida de la gente del bajo pueblo se tradujeron en huelgas y estallidos sociales, que fueron reprimidos duramente por las autoridades políticas. Un ícono de estos años que representaba la vida cotidiana del pueblo chileno, era el conventillo, el cual conformaba rancheríos que rodeaban las ciudades, y en los cuales las personas vivían hacinadas en habitaciones precarias y expuestas a todo tipo de degradaciones humanas. Este proceso de decadencia interna sería el que, finalmente, explotaría en la década de 1920.
Un panorama general de lo que era la sociedad chilena del cambio de siglo la entrega Gonzalo Vial Correa —en los Tomos I y II, que conforman el Volumen I “La Sociedad Chilena en el Cambio de Siglo”, de la Historia de Chile 1891-1973—, quien visualiza una secuencia en cadena que terminó deteriorando severamente dicha sociedad. Esa secuencia partió con la migración de los hacendados y sus familias a los centros urbanos —para llevar una vida citadina—, y el consecuente abandono en que quedó la población campesina, la que también comenzó a migrar hacia las ciudades y los centros mineros en búsqueda de mejores horizontes de vida. Esta emigración habría sido más nociva que beneficiosa, “ya que trajo consigo la degradación material y moral de una buena parte de la población chilena. De esa forma se creó un problema social de fondo —respecto al cual hubo poca, o nula voluntad de solución de parte de las autoridades de la época—, que los nuevos fenómenos políticos, económicos y sociales propios del siglo XX no lograron resolver”.
Fue en medio de este panorama social, en el que el Ejército desarrollaba su proceso de profesionalización y reorganización, impulsado por las reformas que se venían implementando desde 1892 y a las que ya se ha hecho referencia.
El Ejército incluía en sus filas tanto a personas que habían servido en él desde hacía muchos años, como otras recién llegadas, que se habían integrado al término de la guerra civil y que, por lo tanto, no habían sido parte de su pasado de glorias en los campos de batalla, ni tampoco eran actores relevantes del presente de los estudios militares, ya que no se habían formado en la Escuela Militar, ni menos habían cursado en la Academia de Guerra.
En este orden de ideas, el general Roberto Arancibia Clavel hace un contrapunto entre la situación nacional y la del Ejército, señalando que este último, en contraste con el panorama social del país, desde el punto de vista de su desarrollo profesional se encontraba en una situación expectante:
“Los comienzos del siglo XX fueron muy auspiciosos, ya que se crearon las escuelas de armas, a las cuales fueron destinados especialmente los oficiales que regresaban del extranjero, donde tenían las mejores posibilidades de aplicar lo que habían aprendido. Así, además de la Escuela de Infantería que funcionaba como Escuela de Clases desde 1887, se crearon sucesivamente la Escuela de Aplicación de Ingenieros, la Escuela de Caballería y la Escuela de Artillería. En 1897, mientras el general Körner en su calidad de Jefe del Estado Mayor General y Comandante General de Armas de Santiago, tenía el mando efectivo y absoluto del ejército y toda la confianza del gobierno, la Escuela Militar adoptaba el alemán como idioma obligatorio y la Escuela de Clases se había convertido en un establecimiento modelo. A su vez, empezó a despertarse una preocupación por los adelantos tecnológicos, a través de los oficiales alemanes que se denominaban técnicos. Ya en 1898 funcionaba una sección cartográfica en el Estado Mayor, que sería el origen del futuro Instituto Geográfico Militar. Asimismo, se fundaba la Academia Técnica Militar, precursora de la Academia Politécnica Militar, para la preparación de ingenieros militares politécnicos”.
En fin, como se ha visto, eran momentos de progreso y desarrollo institucional, como quizás nunca se había visto en el pasado. Sin embargo, aún persistían varios problemas estructurales en la institución, tales como la escasez de tropa (que contrastaba con un mando muy abultado), el exceso de poder que el Ministerio de Guerra tenía sobre el Ejército —en desmedro de las atribuciones propias del jefe del Estado Mayor General—, y la falta de autonomía de las divisiones militares, entre otros.
En cuanto a las relaciones del Ejército con la sociedad, estas variaban según fuera el estrato social en cuestión. Durante la segunda mitad del siglo XIX —según señala Sergio Vergara Quiroz en su obra “Historia Social del Ejército de Chile”—, los oficiales eran un grupo básicamente formado en el ámbito de la Frontera araucana “que provenía de familias decentes, aún distinguidas y nobles, pero con un ingreso económico mediano, en realidad modesto… Los hemos calificado en el rango superior regional, en ningún caso aristocracia, menos aún oligarquía”. A comienzos del siglo XX, se observa que la mayor parte de la oficialidad provenía de los sectores sociales medios, aunque los jefes militares cotidianamente se relacionaban con la aristocracia. Los jóvenes aristócratas no se sentían atraídos por una carrera militar que para ellos tenía un sueldo precario, que conllevaba una vida de rigurosa disciplina, y que contrastaba notablemente con su estilo de vida relajado.
En lo referido a la relación de los militares con los sectores medios, la bibliografía acerca de este período de la historia chilena es contradictoria. Según señala Gonzalo Vial, los autores sostienen que los sectores sociales medios veían al Ejército como instrumento de la aristocracia para mantenerse en el poder y para gobernar según sus propios designios; por otra parte, las ideas anarquistas y socialistas eran antimilitares, antibelicistas e internacionalistas, y se alejaban de la idea de patria, muy valorada por los uniformados. Por otro lado, los intelectuales del sector medio eran particularmente duros con el Ejército y la Marina, por el papel desempeñado en los conflictos sociales de fines del siglo XIX y de comienzos del siguiente. Sin embargo, como ya se afirmó, la mayor parte de la oficialidad provenía del estrato social medio y, con el tiempo, se fue convirtiendo en un grupo autónomo, ya que las personas que fueron siguiendo la carrera de las armas eran mayoritariamente hijos y nietos de militares.
Por último, en cuanto a los sectores populares, estos veían con simpatía al mundo militar, el cual podía ser una fuente de ascenso social. A las personas humildes les gustaba presenciar los desfiles castrenses, admirar a los militares con sus uniformes, y escuchar las retretas en las plazas de las ciudades del país.
La relación del mundo militar de comienzos del siglo XX con el resto de la sociedad chilena, puede resumirse en el siguiente fragmento:
“Como se ha dicho, la prusianización supuso que los sectores medios, generalmente provenientes de provincias, constituyeran la enorme mayoría de la oficialidad. Los suboficiales y la tropa, en cambio, provenían de los sectores más modestos de la población. Pero a todos ellos, el contacto con el modo de vida militar les hizo ascender socialmente. Así las cosas, era imposible que se sintieran íntimamente solidarios con la oligarquía que detentaba el poder. El personal, por extracción social y por su contacto con los grupos más pobres del país, acentuado por el servicio militar obligatorio, tuvo una impresión vívida de la difícil realidad en que se desenvolvía la gran mayoría de los habitantes del país”.
Las relaciones del mundo militar de la época con el poder político guardaron ciertas particularidades, con antecedentes desde antes del año 1891 cuando uniformados ocuparon cargos políticos en el gobierno de José Manuel Balmaceda y deliberaron públicamente en materias políticas. Una vez finalizada la guerra civil de dicho año, el Ejército se concentró en sus labores profesionales. Sin embargo, ello no impidió que la influencia de la política llegara hasta los cuarteles. El influjo de la clase política era evidente en el Ejército. Se expresaba, por ejemplo, en los padrinazgos políticos que debía tener un militar para poder ascender, en un contexto en el cual se ponderaban la antigüedad y el mérito, pero donde, al fin y al cabo, la decisión final era inspirada por influencias políticas que generaban un pernicioso clientelismo. El problema de los ascensos fue haciéndose cada vez más dramático y muchos militares envejecieron en los grados de oficiales subalternos, viendo muy lejana la posibilidad de llegar a ser oficiales superiores.
El año 1906 se promulgó una ley de reforma orgánica del Ejército, en la cual se plasmaron algunas de las orientaciones impulsadas por Emilio Körner, pero radicalizadas, puesto que aquella legislación reflejaba más bien el sentir profesional de los discípulos de Körner, muy imbuídos del modelo militar alemán, más que de él mismo.
En lo que a ascensos se refiere, las nuevas disposiciones provocaron cierta inquietud entre los oficiales, que vislumbraron que la política tendría una creciente incidencia en sus asuntos internos. Por ejemplo, los ascensos a los grados superiores serían por méritos calificados por el escalón político, lo cual era un terreno fértil para incitar a la acción tanto de los militares hacia los políticos, como de éstos hacia los militares, con el fin de conseguir prebendas y favores en desmedro de los sanos principios que deben regir estos procedimientos de administración de personal, creando el peligroso precedente respecto a que los oficiales que no intervenían en política, se veían sistemáticamente postergados.
Por otro lado, el Ejército tenía numerosos problemas internos de infraestructura que no podía solucionar debido a la escasez de presupuesto, lo cual influyó en el deficiente cumplimiento del servicio diario. La sensación interna en el Ejército era que el régimen político de la época no podía —o bien, no tenía la voluntad de— resolver los problemas que lo aquejaban. Algunos de esos problemas se pueden apreciar de la siguiente manera, según señala Gonzalo Vial:
“Los fondos inadecuados llevaron al desaliento al Ejército. No se renovaban ni modernizaban los equipos, ni el material de trabajo: no había elementos para la instrucción; el vestuario y el calzado no eran proporcionados con oportunidad; se atrasaban los sueldos; el rancho era malo; los regimientos no pagaban sus cuentas; los cuarteles ocupaban edificios viejos, demasiado pequeños, con deterioros irreparables por la escasez de dinero… Las unidades solían pedir préstamos bancarios para paliar el atraso con que se les remesaban aún los recursos presupuestados. Especial irritación causaba a los oficiales que estas penurias repercutiesen sobre los reclutas, desprestigiando la conscripción obligatoria”.
Lo anterior se vio agravado por el papel que les tocó desempeñar a los uniformados en el seno de la sociedad chilena, muy ajeno a las labores profesionales para las cuales se habían preparado con tanto empeño:
“Como se ha señalado reiteradamente, el objetivo que orientaba el proceso de prusianización del Ejército era dar forma a un instrumento coercitivo moderno, capaz de aplicar los principios de la guerra científica en las campañas que la tensa situación vecinal prefiguraba. En otras palabras, su rol esencial consistía en aportar el soporte de fuerza que la política internacional del Estado exige para ser eficaz. Pero la solución diplomática de los conflictos latentes y el deterioro de las relaciones de convivencia al interior del país fueron modificando el centro de gravedad de sus preocupaciones. Con intensidad creciente, la conservación del orden público, muchas veces alterado por manifestaciones violentas de la cuestión social, implicó a los militares en una actividad que les desagradaba. De hecho, cuando la situación se desbordaba, el gobierno recurría a ellos para que pusieran término a las huelgas y controlaran las protestas obreras”.
Progresivamente, la deliberación política se fue introduciendo en los cuarteles. Esto, en buena parte, se debió a la labor de ciertos actores que golpearon las puertas de los regimientos con el objeto de involucrar a los militares en el debate político, y de utilizarlos como instrumentos para sus propios designios. Todo esto se desarrollará con más detalle en los próximos capítulos de este tomo.
FUENTE: Historia del Ejército de Chile. Tomo III. De la profesionalización a la Guerra Fría, Santiago, Academia de Historia Militar, 2023, páginas 155-163.
