
CARTA DEL ALMIRANTE PATRICIO LYNCH
22/06/2026
Durante el siglo XIX el Ejército de Chile se convirtió en una de las instituciones más relevantes y protagónicas al servicio de los intereses nacionales. En dos oportunidades —durante la guerra contra la Confederación Perú-boliviana y, años más tarde, durante la Guerra del Pacífico— la República recurrió a él para preservar su seguridad amenazada o para defender sus intereses vulnerados.
En ambas ocasiones ello implicó proyectar y sostener una fuerza militar a más de 3.000 kilómetros del centro del país, la que debió operar en condiciones extremas y contra un enemigo desplegado en su propio territorio. En ambas guerras el Ejército chileno resultó vencedor y permitió alcanzar los objetivos que se le habían fijado. Durante el siglo XIX el Ejército efectivamente defendió a la patria más allá de las fronteras y se constituyó en la columna en torno a la cual se amalgamaron y entonaron los más profundos valores de la identidad nacional.
Como consecuencia de la guerra contra la Confederación Perú-boliviana, Chile incrementó su prestigio internacional y logró la hegemonía en el Pacífico sur, alcanzando un fuerte desarrollo de su comercio exterior. Había sido esta la primera ocasión en que la joven República —con el fin de influir en su entorno vecinal— asumía la iniciativa y, recurriendo a su Ejército, modificaba con éxito su entorno político estratégico. En Chile, la guerra en general y la batalla de Yungay en particular, constituyeron la primera gran victoria nacional obtenida por las fuerzas militares chilenas en tierras extranjeras. De ahí emana su relevancia para la configuración del imaginario nacional y para la relación del pueblo con el Ejército. La guerra contra la Confederación contribuyó a darle forma al alma de la nación chilena, proporcionándole la consciencia y fuerza necesarias para desarrollar el sentimiento de identidad nacional, el que hasta antes de este enfrentamiento era débil y difuso. Era el pueblo el que había participado decididamente en la obtención del triunfo el que —en forma muy importante— había sido cosa suya, tal como antes, la obtención de la independencia había sido patrimonio de la clase dirigente.
Este sentimiento fue nítidamente reconocido en la letra del Himno de Yungay, al señalar en su coro: “Cantemos la gloria del triunfo marcial, que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”. Por primera vez el pueblo y los soldados se fundían en la gloria y al amparo del Ejército surgían los primeros héroes nacionales: el capitán Juan Colipí, la sargento Candelaria Pérez y la figura del “roto chileno”, en la que se simbolizó a todos los que habían luchado por Chile. Por primera vez, también, el Ejército era percibido como el ejército de los chilenos.
Al iniciarse la Guerra del Pacífico, el Ejército contaba solo con poco más de 2.500 soldados disciplinados e instruidos que constituían el reducido Ejército de Línea. Adicionalmente, poco más de 6.000 hombres integraban la Guardia Nacional, los que carecían de experiencia, instrucción, disciplina y estaban mal armados y equipados. No obstante, lo anterior, es meritorio consignar que ambas fuerzas se complementaron y contribuyeron al esfuerzo bélico: el Ejército de Línea entregó la disciplina e instrucción, aportando los cuadros de las unidades en formación, mientras que la Guardia Nacional encauzó el patriotismo ciudadano a través de la movilización. A lo largo de los más de cuatro años que duraría la guerra, unos 70.000 chilenos servirían en el Ejército.
De esta manera, si se compara la dotación que a inicios de la guerra tenía el Ejército de Línea con el total de los efectivos movilizados, se hace evidente que la mayor parte de los soldados y de los oficiales que forjaron la victoria en los campos de batalla eran civiles que cambiaron azadones, picotas, libros y negocios, por sables, corvos y fusiles. Así, de los 70.000 soldados movilizados, 67.000 habían sido paisanos o guardias nacionales. A este respecto, Gonzalo Bulnes precisa que “…el pequeño Ejército de Línea de 1879 fue la espina dorsal del que improvisaron las necesidades de la campaña. Los soldados veteranos pasaron a ser cabos y sargentos en este, y los oficiales se distribuyeron en los nuevos cuerpos y les inculcaron la disciplina que había sido la gloriosa escuela de ellos”.
En fin, las consecuencias políticas y económicas que se derivaron de los éxitos alcanzados en los campos de batalla en estas dos guerras fueron de trascendental importancia para el devenir de nuestro país. Pero, más allá de ello, ambas guerras mostraron que fue en torno al Ejército donde hombres y mujeres provenientes de todas las clases sociales, profesiones y oficios, se unieron —entregando miles de ellos sus vidas— en la defensa de Chile.
Fuente: Ejército de Chile, Un Recorrido por su Historia.
